Quiénes somos

Registro de anomalías — Documento fundacional

Manifiesto

El espectro de la tradición atormentando a las generaciones que se disputan, aquí y ahora, ese desconcierto que llamamos realidad. Un algo vivo que resulta, de cualquier modo, inaprensible y se vuelve, a cada minuto, un poco más hostil y más distante. El presente. Y un algo muerto que nos acecha reclamando subsistir y permanecer. El pasado. Somos lo que viene después de una serie de derrotas, capturas, futuros cancelados, imágenes vitales desrealizadas. Un resto. Somos, también, una intuición. La sospecha de que incluso en una época de imaginaciones obturadas, bajo la superficie opaca del no hay alternativa, circulan ya las anomalías políticas, estéticas y sensibles que son necesarias para reiniciar la ambición futurista.

La anomalística nace como un intento de acercarse a aquellos eventos que contradicen lo que sabemos o creemos saber del mundo. De sus leyes físicas, de sus procesos naturales, de sus mecanismos y regularidades. Es la sistematización del hay más cosas que afirma Hamlet ante la incredulidad de Horacio. O, si se quiere, a la inversa: el deseo de una vida re-encantada. Un impulso que se deja tocar por el misterio sin expectativa de corroboración ni certidumbre. La elección de la duda como experiencia y también como programa.

Somos, también, una intuición.

Encontramos noticias de ese continente anómalo en la sintaxis de Saer, en la imaginación política de China Miéville, en la prosa de Sara Gallardo, en el vitalismo de Andrés Caicedo, en la utopía contradictoria de LeGuin, en la rabia de Calibán, en el método de Walsh, en los Antiguos de Lovecraft, en el imaginario nocturno de Delmira Agustini, en el romanticismo de Bolaño, en la inteligencia crítica de Ludmer, en el modernismo de Mariátegui, en la poética de Borges y en toda intervención cultural y política que se niegue, con rigor, a la aceptación de un mundo ya condenado.

Toda época tiene sus discursos, pero también sus murmullos. Y es ese ruido desarticulado el que nos interesa. Asumiendo un pequeño lugar en el concierto general de voces, quisiéramos contribuir a esa rara conversación que llamamos nuestro tiempo. El discurso, a diferencia del murmullo, sanciona y moraliza. Sus mejores armas son, hoy, el cinismo, el desprecio y la sospecha. Preferiríamos emprender la tarea poniendo nuestra mirada en los objetos donde se pueda desplegar cierta fascinación, aunque provisoria y frágil, porque ahí encontramos los resplandores de una inteligencia viva. No nos interesa pensar la tarea crítica como la disección de un cadáver. Entendemos el acto de negación, en todo caso, como una condición de posibilidad para afirmar, y no como mero gesto carroñero.

La elección de la duda como experiencia y también como programa.

Una publicación que pueda leerse como un registro de anomalías. Nos seducen las infracciones, la contaminación de la lengua, el extrañamiento visual, la disrupción auditiva, la imaginación periférica y el error. Porque tanto en el campo de la política como en el campo del arte creemos que son las rupturas las que producen los desvíos necesarios para salir de la parálisis. Y porque todo temblor en las configuraciones conservadoras de la época nos parece una fiesta a celebrarse.