Teresita Pumará (Arg)
El Manifiesto Comunista revisitado a la luz de los cuentos de hadas, de los relatos de terror y la tradición romántica. Teresita Pumará escribe sobre cómo un fantasma político podría devenir monstruo revolucionario.
Tal vez ahora estemos dormides, errática duermevela del malestar,
pero cuando nuestros sueños se unan, ahí nos despertaremos.
¿Y entonces? Entonces el mundo verá.
Gargi Bhattacharyya, Corazones rotos.
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Hans Röckle, titiritero e inventor, vuelve a casa después de varios años en el extranjero. El diablo Flammfuß lo visita, quiere su alma. A cambio ofrece a Röckle el poder de hechicería y de realizar todo lo que se le ocurra. Hay condiciones: solo le será posible fabricar un ejemplar de cada invento, con sus inventos no podrá hacer dinero y si durante siete veces siete horas nada inventa será su alma del diablo. Flammfuß también se reserva el derecho de apoderarse de alguna que otra creación de Röckle para entretener a su abuela. Hans firma el contrato.
1. el cuento del fantasma
En el punto cero del Manifiesto comunista Marx y Engels llaman al proletariado a “enfrentar el cuento del fantasma del comunismo con un manifiesto del propio partido”. Que los partidos de la clase dominante se acusen unos a otros de comunistas o usen el comunismo como excusa para justificar políticas reaccionarias quiere decir que reconocen la potencia que duerme en el nombre. El proletariado tiene la misión de hacer realidad un fenómeno que circula en las ficciones políticas de Europa a mediados del siglo XIX.
La palabra para nombrar al fantasma es Gespenst, una de las tantas que en alemán designan una aparición que asusta. De spannen, tensionar ajustar atrapar, el Gespenst nos tienta, nos hechiza, es un espejismo demoníaco. A esa paranoia de la clase dominante no oponen Marx y Engels, en el Manifiesto, ni racionalidad científica ni prudencia de lo posible. La invitación es a intensificar el delirio hasta que nazca el monstruo. Pero el monstruo tampoco es un agente del caos, una rebelión carnavalesca. Están pensando en la unión del proletariado en un partido comunista organizado que pueda hacer la revolución en todo el mundo.
El primer paso en esta batalla es una cuestión de géneros literarios. Al cuento del fantasma se opone un manifiesto. La palabra alemana para cuento acá es Märchen. En español les decimos cuentos de hadas, por herencia del inglés, o cuentos infantiles, porque en su mayoría son relatos que se contaban a los niños. Una traducción literal sería cuentito, pues el sufijo chen construye diminutivos. Son cuentos breves, a veces en verso, que abuelas y niñeras contaban durante la larga noche de invierno. Gracias al trabajo de recolección y registro de los filólogos del romanticismo, el género se difunde como relato breve, en general en prosa, en el que interviene la magia. Además, al menos en la cultura germana, el Märchen se convierte en un paso obligado para un proyecto de autor: Goethe, Novalis, Rilke, Benjamin, Brecht escribieron cuentos de hadas. Como si, antes de crear un universo propio, hubiera que sondear en el lugar donde se forjó el imaginario, una forma colectiva de la imaginación.
El Märchen es didáctico, nostálgico, de un simbolismo oscuro y exaltado. Busca incidir sobre la conducta movilizando afectos: el cuento del fantasma del comunismo en las ficciones conservadoras de Europa sirve para advertir, atemorizar, marcar enemigos. Un manifiesto también es “un acto de habla performativo que intenta crear una nueva realidad”[1]. En el Manifiesto comunista Marx y Engels buscan la fórmula mágica para que el comunismo atraviese las barreras del mundo virtual y se convierta en una amenaza real al capitalismo, deje de ser un fantasma para ser un monstruo. Paradójicamente la encuentran en lo mismo que quieren conjurar: el cuento de hadas. Estimular la imaginación, crear un sentido que organice el odio, transformar la víctima en agente. Un manifiesto que sea un cuento para despertar al proletariado y en la oscuridad organizarlo.
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Hans Röckle es un buenazo y quiere ayudar a sus amigos con sus nuevos poderes demoníacos. Para la costurera Louise, que tiene una madre enferma y un patrón déspota, crea una aguja que cose sola. Para el campesino Jacob, cuyas tierras están agotadas, una flauta que tiene el poder de influir sobre el clima.
2. la herencia romántica
Después de su “conversión a la dialéctica hegeliana”,[2] Marx habría roto con una serie de lecturas y ejercicios literarios de juventud cercanos al romanticismo. Sin embargo, según Michel Löwy y Robert Sayre, el pensamiento marxista está atravesado por una ambivalencia respecto del movimiento romántico que es posible rastrear en toda su obra. Por un lado está el rechazo a sus posiciones nostálgicas que ven en el regreso al orden feudal la respuesta a las calamidades desatadas por el capitalismo industrial.[3] Por el otro un interés sostenido en la agudeza crítica del romanticismo. Carlyle, Balzac, Dickens, Brontë habrían mostrado con más potencia “que todos los políticos, publicistas y moralistas profesionales” las miserias sociales del capitalismo burgués. Marx y Engels no fueron románticos, pero la herencia crítica del romanticismo les permite percibir las contradicciones de la ilustración y de la economía política clásica. El materialismo dialéctico no es romántico, pero sin romanticismo no habría roto con la fe hegeliana en la supremacía de la civilización burguesa. ¿Habría materialismo histórico sin romanticismo?
El pensamiento marxista es ilustrado y es romántico. Se mantiene en una tensión dialéctica entre la nostalgia por el pasado comunal y el anhelo de un futuro que conserve las conquistas materiales y las libertades civiles del capitalismo. A pesar de que es considerado uno de los textos más progresistas de Marx y Engels, donde más nítida aparece su admiración por la potencia creadora de la burguesía y con más virulencia se atacan las corrientes reaccionarias y utópicas del socialismo, esta tensión está presente en el Manifiesto: en la descripción de las desgracias que acompañan cada paso del capital y en la elección de un campo semántico que se permite el juego y la fantasía e intenta conectar con esa terminal de recepción donde se mezclan lo racional y lo afectivo. En palabras de China Miéville, la zona de lo no racional en la que arraiga una certeza muy cercana a la fe, aunque no despojada de racionalidad, de que “no es necesario que el mundo sea así”.[4]
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Con la aguja mágica Louise termina más rápido y tiene más tiempo para cuidar a su madre. Su patrón empieza a pensar que la cantidad de trabajo diario es poca y el precio por cada prenda muy alto y quiere pagar menos a todas las costureras. Mientras tanto Flammfuß ejerce su derecho contractual y se apodera de la aguja para su abuela. Cuando llega al infierno no sabe cómo manejarla, se produce un caos de prendas insensatas. Louise recupera la aguja, pero no encuentra en ella ni alivio ni felicidad, y la devuelve a Hans.

3. el cuento del monstruo
Un hechicero logra invocar los poderes del inframundo pero no puede dominarlos. Desatadas avanzan las fuerzas productivas del trabajo social revolucionándolo todo. Ponen en movimiento lo que parecía estático, disuelven lo que parecía sólido: desplazan gente de sus tierras, transforman las relaciones familiares en vínculos contractuales, aceleran la producción y el viaje, borran las fronteras nacionales, asesinan dioses.
El hechicero pone los poderes del inframundo al servicio de la producción de valor y en proporción directa al incremento del valor se multiplica el desastre. Todos, menos él mismo, se convierten en trabajadores asalariados. Los ríos se secan, las montañas se vacían, la tierra se pudre. Cuando las fuerzas se agotan hay que destruir lo creado, expandirse y volver a empezar.
La ley del valor domina las fuerzas productivas y al hechicero que ya no puede hacer otra cosa más que someterse al capital si no quiere convertirse en trabajador asalariado.
Como Cenicienta a merced de su madrastra, el trabajador está solo frente al capital, se vende en pedazos para sobrevivir y está expuesto a todas las vicisitudes de la competencia, a todas las fluctuaciones del mercado. El hechicero lo reúne con otros trabajadores en las fábricas y en las guerras. Con otros produce para el hechicero y con otros pelea para el hechicero y en esa unión forzada al servicio de otro comprende Cenicienta que puede aliarse con sus hermanastras. Víctima y heroína. Al poder ciego de las fuerzas productivas sometidas a la ley del valor solo puede equipararse la organización de la clase trabajadora. El monstruo se agita en su caparazón.
En un sótano hay una vieja que tiene la llave. Su cara cambia según cómo le pegue la luz. Cuatro caras tiene y solo una de ellas entregará la llave a los trabajadores. Está la cara reaccionaria que quiere que los poderes del inframundo vuelvan al inframundo, está la cara de culpa y miedo que pretende contener con reformas los efectos devastadores del capital, está la cara utópica que cierra los ojos y se sueña reina de un mundo ascético e igualitario, y está la cara comunista. El comunismo entiende que el poder desatado por el brujo es en realidad el poder del proletariado y que solo en el encuentro de ambos podrán organizarse las fuerzas productivas en beneficio de las mayorías. La socialización de los medios de producción para el bienestar de la sociedad humana, la eliminación de la precariedad social de la existencia, eso es el comunismo.
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Jacob el campesino vuelve a su tierra arrasada por el uso intensivo del señor del lugar. Gracias a la flauta que Röckle fabricó logra reforestar y restablecer fuentes de agua. La tierra vuelve a ser generosa. Entonces la gente, y entre la gente el hermano de Jacob, comienza a presionarlo para que dé un uso comercial al instrumento. Después Flammfuß se roba la flauta para entretener a la abuela y tampoco sabe cómo usarla, produce tormentas y sequías en el infierno. Del diablo vuelve la flauta a Jacob y de Jacob otra vez a Röckle que comienza a entender que su filantropía es inútil en un mundo organizado en torno al lucro.
4. el odio que nos hará libres
El Manifiesto comunista es un cuento de hadas materialista: un relato de fantasía situado en un tiempo que es histórico y donde los desplazamientos sociales se vinculan a cambios en las relaciones de producción. Este tipo de historicidad, según Jameson, puede liberar a la fantasía de su tendencia reaccionaria y su religiosidad maniquea, volverla materialista y revolucionaria.[5] En otras palabras, el materialismo puede emancipar al romanticismo de su pulsión primitivista y nostálgica. Y el romanticismo tiene el poder de volver a encantar el mundo. Estoy convencida de que necesitamos de ambos.
Tanto el manifiesto como el cuento de hadas son textos que hacen cosas. Quieren producir un efecto que no tiene del todo que ver con la conciencia: van en busca de un desplazamiento en la disposición anímica que a su vez provoque un movimiento en la forma de estar en el mundo. Miedo, valentía, sumisión, piedad, compasión, paciencia, confianza son afectos que con frecuencia movilizan los cuentos. En el Manifiesto comunista no hay lirismo del apoyo mutuo, tampoco es un canto a la paciencia autosacrificial del proletariado. El poder de la burguesía se pinta con la nitidez de un claroscuro barroco. Como gran villano de cuento, la clase burguesa fascina y repele. Marx y Engels quieren mostrar la potencia revolucionaria de la producción industrial y al mismo tiempo que la burguesía no es la conductora adecuada de esa potencia. Confianza del proletariado en su destino emancipador y odio de clase: esas son las emociones necesarias para que el monstruo rompa el cascarón y revolucione el mundo.
El odio, dice China Miéville en su estudio sobre el Manifiesto, es un afecto peligroso e inevitable. Cuanto más difíciles los tiempos y más profunda la injusticia, más inevitable el odio. “Ellas han transformado el odio en energía y la energía en odio” dicen algunas guerrilleras de Wittig parafraseando a Madame de Staël.[6] A otras no les gusta la frase, contiene una antítesis y es poco precisa. El odio es un motor engañoso, hay que tratarlo con cuidado. En una sociedad de clases puede internalizarse como culpa y dar lugar a una transformación de los valores al estilo de la Genealogía de la Moral. O puede estallar en revueltas destructoras de violencia desmesurada y extática: contra las máquinas, contra los amos, después la fiesta y quizás la muerte. El Manifiesto quiere despertar un odio más difícil, el equivalente negativo del amor filantrópico: un odio estructural, intenso pero tranquilo, que se dirija no contra los burgueses como individuos sino contra la clase. Un odio que desee la erradicación del sistema que organiza el trabajo humano en pos del incremento del valor, que hace privado lo que es común y destruye sus propios medios de sustento.
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Cuando ve que no hay forma de que sus inventos funcionen en el presente, Hans Röckle se fabrica unas botas con las que puede viajar en el tiempo y se lleva a sí mismo y a sus inventos al futuro. Lejos de Flammfuß, que solo tiene poder sobre el hoy. En el futuro Hans entierra la aguja y la flauta. Que la humanidad las use cuando esté lista para liberarse del trabajo muerto.
5. y si no se murieron, todavía viven
“Y vivieron felices para siempre” es la frase que cierra las películas de Disney que versionan cuentos de hadas. Vivieron felices para siempre, se cierra el libro y esparce polvo de estrellas. Yo desconfiaba. Si así fue, ¿por qué cierran el libro y se niegan a hablar de lo que sigue? Pensaba que era imposible ser feliz para siempre, ser feliz todo el tiempo. Salvo que te mueras pronto, tres o cuatro días después del final de la historia. Además la frase reduce la felicidad humana a la búsqueda del amor romántico, encontrar una persona con la que compartir la vida construiría un dique contra todo posible sufrimiento. Es muy problemática la frase final de los cuentos de hadas en inglés.
El español, en cambio, cierra con una actitud dadaísta, una forma de insistir en que la vida es sueño y los sueños sueños son, o una forma de recordarnos que la felicidad dura unas horas y es una mesa llena de comida compartida con la gente que queremos. “Y vivieron felices y comieron perdices”. Y el alemán nos trae de regreso a la tierra. Nada podemos decir del futuro, de cómo vivieron, de cuánto vivieron o de qué comieron. El punto final abre el espacio en blanco, la pregunta, el lugar para la incertidumbre: “Y si no murieron, todavía viven”.
Me pregunto cómo terminaría Marx el cuento de Hans Röckle cada vez que lo contaba a sus hijas, si lo cerraba con alguna frase de cajón o lo dejaba abierto para retomar en el próximo paseo. Si Louise organizó una huelga contra el patrón, si Jacob una revuelta contra el señor del lugar, si obtuvieron lo que querían y después se acomodaron en sus vidas, si Hans Röckle encontró un futuro comunista donde sus inventos sirvieran para que la gente fuera feliz comiendo perdices. Y si no murieron, todavía viven.
En muchos cuentos de hadas la gente sufre (y mucho) pero el sufrimiento esconde un golpe de suerte que lo compensa y justifica. El cuento de hadas nos dice, como el cristianismo, que esperemos. Nos promete un final feliz y pretende que eso sea consuelo para la pena presente. El Manifiesto como cuento de hadas no promete. Se ubica en el campo de batalla del deseo, entre el capital deseando en nosotras y nosotras deseando otro mundo. Quiere despertar cierta confianza en el poder de agencia, darnos una estructura donde volcar el odio y el amor, insuflarnos un poco de entusiasmo para que aceptemos correr el riesgo que supone reencantar el mundo.[7]
El Manifiesto comunista como cuento de hadas no tiene final. No sabemos si el monstruo sacude su cuerpo y se quita las lagañas y se pone en movimiento para recuperar el control sobre las fuerzas productivas que el hechicero invocó. No sabemos, todavía vivimos. Como manifiesto el Manifiesto comunista termina con un grito que se prolonga hacia el futuro, que a veces nos causa gracia, a veces ternura, otras se confunde con el ruido de la calle, de vez en cuando lo escuchamos en toda su potencia. Proletarios del mundo entero, únanse. No estamos muertas, todavía vivimos.
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[1] China Miéville, Un espectro acecha sobre el Manifiesto comunista, Buenos Aires, Godot, 2024, p. 23.
[2] Michel Löwy y Robert Sayre, Rebelión y melancolía, El romanticismo como contracorriente de la modernidad, Buenos Aires, Nueva Visión, 2008, pp. 103-114.
[3] Y eso que Marx y Engels también recuperan formas pasadas, aunque no feudales, de organización social comunal como la Mark alemana o la obshchina rusa.
[4] China Miéville, p. 171
[5] Frederick Jameson, “Radical Fantasy”, en Historical Materialism, Volumen 10, nro 4, 2002.
[6] Monique Wittig, Guerrilleras, Buenos Aires, Hekt, 2019, p. 112.
[7] “Cuando soñamos con hacer del mundo un lugar mejor volvemos a abrirnos al encantamiento. Y el peligro casi insoportable del encantamiento es que se acabe la magia. Que las hadas se nos hagan polvo entre los dedos. Que la luz se apague. Que la maravilla se retire y nos quedemos sin nada otra vez”. Gargi Bhattacharyya, Corazones rotos, Buenos Aires, Coloquio de perros, 2026, p. 90.
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Teresita Pumará (Argentina, 1985) Estudió filosofía en la UBA, da clases de alemán y de español, traduce por trabajo y por placer. Le gustaría vivir en una película de Hayao Miyasaki.



