Gargi Bhattacharyya (Ind)
Traducido por Renata Prati (Arg)
Gargi Bhattacharyya afirma que en el corazón de toda conciencia revolucionaria habita el dolor de tener roto el corazón. ¿Cómo se afectan revueltas, duelos ira y conmoción?
En el corazón de toda conciencia revolucionaria habita el dolor de tener roto el corazón. ¿Qué otra cosa iba a haber? ¿Cómo podríamos imaginar un mundo distinto sin que nos haya roto el mundo en el que estamos?
Esta pena reverbera por debajo y al costado de las otras ocupaciones menos dramáticas de la vida política. Una reunión por aquí, una manifestación por allá. Redactar un poco, recaudar otro poco, entregar lo reunido. Una declaración para firmar, un hombro al que darle unas palmaditas. Discursos. Más discursos. Aún más discursos. Una discusión. Una elección. Una escisión (o dos o tres) y el duelo extraño de denunciar a quienes fueran tus camaradas. Y, por supuesto, varios discursos más.
Pero junto a todo eso, todo ese implacable trajín por el que vamos boyando, siempre está la pena. Tal vez sepamos que es aquello de lo que huimos, lo que no podemos decir si no queremos rompernos del todo. Nadie pone tanto tiempo y energía y la pura y dura tozudez que ponemos en esto si no se está escapando de algo.
A ese algo lo llamo corazón roto porque siento en el pecho el hueco y el vértigo de estar al borde de un abismo y la montaña de pérdidas de los realmente descorazonados. Y cuando lo siento, el duelo por mi propia vida, las pérdidas pequeñas y devastadoras de cualquier vida, el precio tremendo de nuestra humanidad… todo eso reverbera y se junta con los océanos de pena ajena. Hay quienes lo verían como una forma, más expansiva, de conciencia de clase. Me gustaría sugerir, aunque sea para molestar, que el dolor de tener roto el corazón es la verdadera conciencia de clase del capitalismo racial.

Se nos parte el corazón en el instante en que vemos nuestro dolor como mero momento en la batalla entre la voluntad de vivir y amar y la voluntad de destruir.
Se nos parte el corazón cuando nos unimos a quienes han sido víctimas de la violencia de Estado y comprendemos que esa violencia también está dirigida a nosotres.
Se nos parte el corazón cuando nos damos cuenta de que no hay remedio, no hay reparación, no hay manera de retroceder el tiempo ni nada que lo arregle. Que no importa lo que venga a continuación, estas historias y estos presentes de violencia no pueden corregirse. Que el destino de quienes tienen roto el corazón es desear algo mejor y del todo nuevo para quienes vengan después.
Porque solo nosotres, les descorazonades, podemos de verdad anhelar y luchar por un mundo en el que nadie nunca más se sienta así.
El goce de la solidaridad
El corazón roto que habita en el corazón de la conciencia revolucionaria demanda un redireccionamiento hacia lo colectivo. Quizás haya quienes se junten ahí buscando consuelo. Otras personas vendrán solo a distraerse, o buscando un sentido, una nueva misión, algo con lo que tapar la sensación de falta. Lo que tienen en común es la comprensión, a menudo apenas articulada, de que el dolor debe volcarse hacia afuera. De que la supervivencia, en la medida en que sea posible, ocurrirá en la unión. Por supuesto, las personas también se resguardan como pueden si lo necesitan. También entramos y salimos de los terrenos de la automedicación, la ira y la desesperanza. Nos enamoramos y desenamoramos y nos acostamos con la gente equivocada. Alejamos a quienes nos nutren, nos acercamos a quienes nos lastiman. Arruinamos las cosas una y otra vez, pero igual de alguna manera nos levantamos para intentarlo de nuevo.
El corazón roto que habita en el corazón de la conciencia revolucionaria demanda un redireccionamiento hacia lo colectivo.
Al mismo tiempo, sin embargo, la pena nos afina la piel para que podamos abrirnos a les demás. Las fronteras que nos separan parecen disolverse, aunque sea por un momento. Tu dolor se vuelve el mío se vuelve el nuestro y todo lo que somos y todo el dolor que cargamos y todo el largo, largo camino de vuelta y todas las huellas cruzando los océanos, cruzando los siglos, cruzando mi calle y tu cocina, todo nos desborda. Me inunda por completo y no logro recordarme a mí. Es tarde, demasiado tarde para reencontrarme, porque ya me fundí en ustedes.
Y, como en una versión del más antiguo de los cuentos, lanzarse a esta especie de olvido conduce a una forma del éxtasis. En las mejores de sus formas cotidianas, la monotonía del trabajo político se convierte en enamoramiento y volvemos a cautivarnos entre nosotres. A veces apuntamos un poco más allá, tomades por el goce de perdernos a nosotres mismes. Lo que somos –de qué identidad o partido, los análisis y pronombres correctos o equivocados, cuál piel, cuál dios, cuáles siglas– se desvanece ante lo que podríamos llegar a ser en conjunto. Y entonces en conjunto ya ni siquiera tiene sentido, porque en el mundo que soñamos y construimos no hay vos ni yo, solo nosotres. Solo nosotres para siempre. Y esa sensación no se compara con nada más sobre esta tierra. Nada sobre esta tierra por ahora.
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Gargi Bhattacharyya (Inglaterra, 1968) nació en en el seno de una familia bengalí. Ejerce la sociología y su campo de investigación son las teorías críticas antirracistas. Presidió el Sindicato de la Universidad del Este en Londres, donde integró el comité permanente de miembros negros. Publicó varios libros, entre ellos: Tales of dark-skinned women (1998), Traffick: The Illicit Movement of People and Things (2005) y The Futures of Racial Capitalism (2024).
Renata Prati es doctora en Filosofía y especialista en Traducción Literaria, ambas por la Universidad de Buenos Aires. Publicó los libros Poetas del dolor (Omnívora, 2024) y Esta es tu pena (Siglo XXI, 2025).



