Juan Mattio (Arg)
Sobre la agresión como método de una estética vacía y las formas de repulsión como simulacro de pensamiento crítico.
Intentar una polémica con Thomas Rifé es difícil en dos puntos. Por un lado, no me interesa convertir un debate en show de redes sociales y, presiento, todo intento de intercambio con él y ciertas voces que circulan en su entorno termina funcionando como alimento de esa mecánica. Por otro, sus intervenciones suelen tener más ánimo de provocación que de pensamiento. Provocación podría ser una palabra para describir un proceso que nos obliga, incluso con cierta dosis de violencia, a pensar. No es el caso. Acá provocación debe leerse como el simple destilado de repulsión que busca llamar la atención sobre el mismo autor, no sobre una hipótesis o una idea crítica. Me concentro en él, pero este tipo de maniobras se despliega también en otras figuras, tiene incluso revistas o publicaciones que son usinas de animosidad, y es en la red social X donde su dinámica aparece con mayor ferocidad. Hablar de Rifé, entonces, es traer apenas un ejemplo de cierto modo discursivo.
En la militancia política suele llamarse impresionista a aquellos análisis que se construyen a partir de intuiciones y percepciones inmediatas, prescindiendo (de forma parcial o total) de elementos teóricos que los sustenten. Podríamos decir que son algo así como simples opiniones, pero con aspiración (y a veces con apariencia) de profundidad y solidez. Como se sabe, la opinión personal es un evento tan político e ideológico como cualquier análisis. La diferencia está, al menos una de ellas, en que mientras el análisis invoca una tradición de pensamiento, la opinión parece fundarse a sí misma, nacida de la clarividencia de quien la ejerce. Rifé, entonces, opina. Se sustenta en sus impresiones, prescinde de una línea de pensamiento.
La tradición, vale aclarar, no es un conjunto de citas que otorgan autoridad a un texto, se trata de construir una posición al interior de una idea de mundo. El marxismo, para dar un ejemplo, no comprende solo una descripción de esa relación social que llamamos capital, también supone ideas sobre el funcionamiento de la política, sobre potenciales formas de organización del trabajo, sobre nuestra relación con la naturaleza y con las máquinas y, por supuesto, hipótesis estéticas y culturales. Dicho de otro modo, asumir una tradición es asumir, a la vez, un linaje y una concepción que excede el campo en el que se pretende intervenir.
Puede ser que vaya de los formalistas rusos, pasando por Benjamin y Brecht, hasta llegar a Piglia. Puede que inicie en Rymond Williams, se expanda en Stuart Hall y los estudios culturales hasta llegar a la Sarlo de post-dictadura, puede que se funde en Martínez Estrada, recorra el grupo Contorno y se actualice en Horacio González. En cualquier caso, la tradición permite diluir la fantasía de que se empieza de cero, rehúye de la opinión, y permite ver continuidades y rupturas en los análisis políticos, sociales, culturales con los que se intenta comprender una época. No hay tarea crítica sin tradición. Y, entonces, lo que ejercen estas voces al opinar son más operaciones de hostilidad que operaciones críticas.
Que la hostilidad, en nuestro tiempo, haya ganado cierto prestigio no le supone ningún mérito. Y, como ya dije, quien lee un texto crítico está dispuesto a conceder cierto nivel de violencia en los argumentos siempre que su función sea negar algo para abrir un espacio de afirmación. ¿Qué afirma Rifé? Es difícil saberlo. Voy a recorrer tres de sus intervenciones intentando rastrear esto. Lo que Rifé, al negar, afirma.
Contra la sensibilidad progresista
En noviembre de 2025 la editorial El gato y la caja publicó El Archipiélago de Roberto Chuit Roganovich. En marzo de 2026, Rifé escribió una reseña que salió en la revista Dólar Barato. La aparición de un libro de análisis y propuestas políticas es, por supuesto, una invitación a conversar y debatir, incluso una oportunidad para detectar operaciones ideológicas del autor o de la época que se esconden en el texto. La reseña, sin embargo, adolece de tres síntomas.
En primer lugar, buena parte de sus impugnaciones dependen de la biografía del autor. Cuando escribe, por ejemplo, “¿qué tácticas políticas puede ofrecer un becario del CONICET laureado como escritor tanto por los espacios residuales del alto kirchnerismo como por los “medios hegemónicos”? El prejuicio diría que nada que pueda hacer enojar a sus jefes”, da inicio a la opinión (reconocida en el prejuicio que habla a través de él) de que quien enuncia en El Archipiélago no está en condiciones, dados su ámbito de trabajo y los reconocimientos que obtuvo su literatura, de formular hipótesis que se sustenten.
Es, además, evidente que la idea de que los jefes del autor son Futurock o Clarín, porque son estas las instituciones que premiaron sus novelas, es desconocer completamente el funcionamiento del sistema editorial. Los textos que reciben premios ingresan a un proceso de edición que no es distinto al de cualquier otro libro en cualquier otro escenario, donde el autor recibe sugerencias de corrección, que acepta o rechaza, y así surge la versión que se imprime. Suponer que las editoriales ejercen, además, un control sobre las opiniones políticas de sus autores es, de mínima, malintencionado. Pero, como en muchos otros casos de opinión, el mecanismo que Rifé pretende denunciar no tiene ninguna prueba y nace, por supuesto, de la sospecha (uno de los mecanismos preferidos de estos discursos para lanzar sus impresiones).
El segundo problema de la reseña es intentar que, a través del autor, hable algo que él llama progresismo: “El Archipiélago continúa. El fin de la historia de Francis Fukuyama, el realismo capitalista de Mark Fischer, Fredric Jameson, fin de la historia, fin del capitalismo, etc. Lo de siempre. El marco teórico de la sensibilidad liberal progresista de los últimos cuarenta años”. En este punto, donde Rifé quiere identificar una operación ideológica, es donde debería dar una definición precisa de progresismo. Decir, por ejemplo, qué corpus de ideas, prácticas, sensibilidades y posiciones políticas lo componen. Se limita, en cambio, a enumerar dos o tres autores y sintetizar una o dos hipótesis dando el resto por sabido.
Tenemos, al menos, algunas noticias sobre sus presupuestos: escribe contra el progresismo, sea esto lo que sea (“Cualquiera que haya habitado este planeta en los últimos quince años, desde el momento que el progresismo se volvió la religión del Estado argentino”). Y, si afirma “El resultado fue el mismo: destrucción del pensamiento local”, es porque adscribe a eso que está en peligro de destrucción. ¿De qué se trata el pensamiento local? No está dicho.
La reseña sigue con la reconstrucción perniciosa y con tono irónico de los argumentos y las propuestas de El Archipiélago, pero como nos advertía David Foster Wallace ya en 1993: “el sarcasmo, la parodia, el absurdo y la ironía son formas geniales de quitarle la máscara a las cosas para mostrar la realidad desagradable que hay tras ellas. El problema es que una vez desacreditadas las reglas del arte, y una vez que las realidades desagradables que la ironía diagnostica son reveladas y diagnosticadas, ¿qué hacemos entonces?”. Dicho de otro modo, el poder discursivo de la ironía está en su negatividad. Lo que no puede ofrecer es una afirmación, algo a lo que decir que sí. Sospecha e ironía son dos herramientas ligadas a una forma de ejercer la crítica que no logra indicar a qué objetos de la cultura deberíamos prestar real atención y por qué razones. Parecen, más bien, núcleos de una estética vacía.
El tercer problema de la reseña es que participa de ese clima antiintelectual con el que, en muchos casos, se desarrollan los ejercicios de repulsión. Dice, por ejemplo, “Quien haya transitado los años de la peste sabe que el antiintelectualismo, si realmente existe, fue bastante oxigenado por la distancia material entre los miembros del CONICET que nunca dejaron de cobrar su sueldo estatal, por ejemplo, y los trabajadores que vieron cercenadas sus fuentes de ingresos por el gobierno de científicos”.
Rifé, que se encargó de enumerar datos biográficos del autor para usarlos como argumentos en su contra, no dice en ningún momento desde qué posición enuncia. ¿Es parte de la clase trabajadora? ¿Milita en algún gremio? ¿Participa de una organización? Lo que sabemos es que, echando mano a un materialismo frágil y de último momento, su opinión es a) que los becarios del CONICET no son parte de la clase trabajadora b) que los becarios no están en condiciones para pensar la realidad política c) que, además, la distancia entre becarios y clase trabajadora es responsabilidad de los propios becarios y d) que él, Thomás Rifé, puede percibir este desacople y tenemos que suponer que lo percibe gracias a sus condiciones materiales que no están a la vista y no le parece que valga la pena exponer.
La reseña nos deja, sin embargo, algunas pistas: que su enemigo es el progresismo (aún por definir), que se opone a la sensibilidad progresista a partir de un pensamiento local (aún por definir) y que las condiciones materiales son sustanciales para la verdad del enunciado (aunque no nos diga cuáles son las suyas).
La máscara de lo independiente
Este mismo año, en agosto, Rifé fue a la FED y escribió una crónica para, otra vez, Dólar Barato. Si los argumentos en la reseña de El Archipiélago eran escasos, en este texto eso que antes describí como impresionismo es total. Pero, antes de ir a esto, quisiera citar un fragmento que me resulta llamativo: “Debo admitir que leer es en mi vida apenas un pasatiempo secundario, muy por detrás de ver rugby o fútbol o jugar al tenis”. Es difícil entender las razones por las que alguien, que además confiesa ser “egresado y enfermo de Puan”, intenta ejercer lecturas críticas –y escribir novelas- si él mismo reconoce que leer es, en su vida, un pasatiempo secundario.
En principio, la crónica parte de un diagnóstico: “lo más novedoso y sobre todo lo más honorablemente independiente que la elite cultural porteña tiene para ofrecer al saturado, exhausto, hipertrofiado mercado del libro argentino”. Más allá de la redundante triple adjetivación al mercado del libro, me interesa indagar en lo que él llama “elite cultural porteña” porque, a pesar del tono –otra vez- irónico, es un sintagma que parece flotar en el mismo campo semántico de progresismo (aún por definir). Y me interesa porque las maniobras retóricas de Rifé tienen algo en común: está siempre muy pendiente de aquello que queda adentro y aquello que queda afuera. Y este planteo, con mucha buena voluntad, nos podría llevar a la tensión entre centro y periferia. Veamos.
El autor cuenta una excursión al El Ateneo Grand Splendid: “Me encontré con libros de Alan Pauls, Gabriela Cabezón Cámara, Michel Nieva, Tamara Tenenbaum, Roberto Chuit Roganovich, Martín Kohan y Carlos Busqued, todos editados por las mismas casas editoriales transatlánticas y transnacionales. Un verdadero despliegue de soft power cultural argentino exportado y aprobado para su reimportación”. Y, un poco después, descubre que muchos de esos autores también están publicados por editoriales que participaban de la FED. ¡sorpresa! Existe una identificación total, podríamos decir una duplicación, entre lo que se sabe centro y lo que se pretende periferia. Esa identificación le quita la máscara al concepto independiente[1]. Habría una sola y única cosa que es eso que antes llamó mercado del libro saturado. La periferia, vista desde acá, no existe. O sí, porque ¿desde dónde enuncia Rifé que puede ver y desenmascarar el campo literario?
Y acá es donde aparece, si se quiere, un problema subordinado que es el de la autenticidad. Habría, repongo, una verdadera periferia y una falsa periferia. Y tengo que suponer que él está posicionado en la verdadera donde también se ubican ¿Dólar Barato? ¿Ediciones Bucarest donde publicó su novela? ¿Lejos de la ciudad de Buenos Aires y su elite? ¿En Puán?
Lo cierto es que al leerlo, se tiene la impresión de que él está situado en un lugar correcto, pero del que no da coordenadas precisas. Evidentemente es fuera del progresismo, de la elite cultural porteña y de los simulacros de la cultura independiente. Ahí, desde donde enuncia, imaginamos, todo debe ser genuino, con verdadero valor artístico, y ofrecer una oposición audaz y eficaz al sistema cultural con sus manipulaciones.
Por último, otra resonancia: “Mi obsesión es siempre la misma: ¿cuáles son las editoriales que inundan e infiltran la literatura o la bibliodiversidad argentina (palabra que, de por sí, suena a un eufemismo de laboratorio) con ideas importadas y diseñadas en las usinas académicas del globalismo, traducciones mal cifradas a la cosmovisión nacional, aquellas que tutelan por el sano e higiénico desarrollo intelectual de nuestros lectores o consumidores de libros, víctimas del FOMO, pero tal vez no tanto de la literatura? ¿Qué editoriales se pliegan a lo que el resto del mundo piensa y exige de nosotros?”. Estamos, otra vez, en el territorio del pensamiento local, un pensamiento que no se deja contaminar por el globalismo y cifra bien la cosmovisión nacional (aún por definir).
Vivir afuera
El sábado 17 de octubre se organizó una actividad en una librería donde participaban cuatro autoras bajo la pregunta ¿Por qué leer a Joyce? La intervención de Rifé, en este caso, fue más modesta y más brutal, le alcanzó un par de tweets para denigrarla: “Después quieren instalar la idea de que hay una nueva generación de revistas y un revivir de la crítica cuando las mismas 6 o 7 mascotas culturales con más charlas sobre pelotudeces y eventos que ideas y neuronas conectadas”. Y, de paso, respondía a la pregunta con el que se presentaba la actividad: “Sí, tiene sentido. Hoy y siempre. Lean más y escriban más y piensen más y figuren menos”.
El ejercicio de repulsión, hay que decirlo, gana en agresividad cuando pasamos de los artículos en revistas a las redes sociales. Tomo nota. Pero lo que me importa acá son, más bien, las contradicciones.
Intento entender: ¿no había dicho, acaso, que leer era un pasatiempo secundario para él? ¿Por qué, entonces, manda a leer a otros? ¿No era, también, que el mercado del libro estaba saturado? ¿Por qué el imperativo de escribir más? Por último, ¿esta conversación sobre Joyce es también parte de la falsa periferia? ¿de la elite cultural porteña? ¿del progresismo? ¿de las estrategias globalistas que destruyen el pensamiento local?
Aunque más agresivo, Rifé vuelve a mirar lo que parece ser su verdadera obsesión crítica: qué está adentro y qué está afuera. No sabemos muy bien de qué, pero el verbo figurar podría funcionar como síntesis de sus preocupaciones. Lo que le importa registrar son los modos de legitimación (CONICET, Futurock, Clarin, etc.), los simulacros de cultura independiente (la FED), y los eventos donde se discute literatura. Porque en esos nodos (que no lo incluyen) está el enigma que Rifé intenta resolver: qué implicancias tiene pertenecer, asumiendo que en los subsuelos del estar adentro circulan negocios, transacciones y movimientos espurios. De eso modo, es claro, lo mejor que uno puede hacer es quedarse afuera. Porque no habría posiciones intermedias (se está totalmente adentro o totalmente afuera) ni existirían vías limpias, legitimas, de acceso a ningún tipo de reconocimiento o espacio de visibilidad. Todo está bajo sospecha. Desde la sombra que proyecta sobre el nosotros que aparece en El Archipiélago hasta el sintagma mascotas culturales, lo que Rifé intenta es una delimitación que lo deje a él siempre del otro lado, pero a salvo. Y es desde esa otra conversación donde, lejos del ruido mundano de la trivialidad, nace su agudeza crítica (aún por establecer).
Y para que ese estar afuera tenga sentido es imprescindible que en el adentro solo existan escenarios banales y personalidades construidas por la pura vanidad, nada que merezca ser habitado. Ni literatura con valor, ni debates honestos, ni ideas que intenten poner en problemas el estado actual de cosas. Porque algo hay que concederle a Rifé, el campo cultural vive una pacificación dañina (algo que tal vez empezó con el regreso de la democracia) de consensos que son blandos, pero casi automáticos. Estamos de acuerdo muy pronto en temas que merecerían tiempo y esfuerzo para llegar a ideas que nos ayuden a salir de este callejón histórico en el que vivimos. Pero la agresión como método, de la cual Rifé y otros participan, no es lo opuesto a esa pacificación. Al contrario, parece ser su reverso perfecto. Ante los núcleos de acuerdo (estéticos, políticos, sociales, etc.) el gesto cínico y violento que se disfraza, o tal vez aspira, a convertirse en develamiento ideológico y no es más que otro simulacro. Un Disneyworld del pensamiento crítico.
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[1] Para concederle este desenmascaramiento habría que aceptar que no existen en la FED editoriales y libros que, efectivamente, no se encuentran en El Ateneo ni en ninguna cadena sea Cúspide, Yenny o cualquier otra, lo cual es falso. Pero hagamos el esfuerzo de seguir su línea argumental.
Juan Mattio (Argentina, 1983) es escritor de ficción, militante del marxismo gótico y piensa que comer mandarinas mirando a la nada es la mejor forma de percibir la entropía.


