Marcelo Acevedo (Arg) & Andrés Arroyave (Col)
¿Cuál es la distancia entre el flâneur parisino del que escribieron Baudelaire y Walter Benjamin y las derivas de Andrés Caicedo y el Grupo de Calí? Marcelo Acevedo y Andrés Arroyave piensan sobre la ciudad como evento psicogeográfico, allá Europa y acá Latinoamérica. Caminar, hacer derivas urbanas, para después escribir y filmar, para desactivar la percepción automatizada, entre música, fiestas y desconocidos.
“Infección” (1966), el primer cuento de Calicalabozo, del escritor colombiano Andres Caicedo, comienza de esta forma:
El sol. Como estar sentado en un parque y no decir nada. La una y media de la tarde. Camino caminas. Caminar con un amigo y mirar a todo el mundo.
Su segundo cuento, Por eso yo regreso a mi ciudad (1969), cuenta la historia de un voyeur que, escondido tras el papelillo que cubre las ventanas de su casa, espía a la gente que pasa caminando por la vereda hasta que no le queda otra opción que salir a comprar algo y cruzarse con: la gente que pululaba por las calles (…) yo caminé mirando al suelo cinco cuadras.
En Vacío (1969), tercer relato, se pueden leer fragmentos como este:
Recorrí muy despacio su calle, los sauces que crecen a lado y lado, y la iluminación de mercurio, todo eso vacío (…) Vacía toda la Avenida Estación pero yo cerré bien los puños dentro de los bolsillos y caminé por la mitad de la calle, echando ojo a cada sombra, a cada casa, a cada raya (…) Me paré del muro y caminé hacia arriba, por la Avenida Sexta hasta que llegara a mi casa. Vacía la fuente, vacía la Bomba, vacío Oasis, allí donde yo conocí a Angelita”.
Su cuarto cuento por orden cronológico titulado Besacalles (1969), dice así:
Pero hay días en los que las cosas no suceden tan bien que digamos, pues por más que camino por las calles de Cali no encuentro a ningún muchacho disponible.
En el quinto relato, De arriba abajo de izquierda derecha (1969), escribe:
Caminaron por la Avenida Sexta hacia el centro fumando despacito y haciendo bulla y molestando a la gente.
El espectador (1969) es un cuento sobre cine–cine como arte–pero también como espacio de reunión y rito, el conflicto solo se desarrolla cuando los protagonistas salen de la sala y comienzan a caminar por el barrio. Los personajes de esta seguidilla de historias son inquietos por naturaleza y tienen una pulsión irrefrenable por el desplazamiento, sufren una especie particular de dromomanía. Algunos caminan con rumbo fijo pero otros simplemente pasean, se pierden siguiendo los pasos de otros, persiguiendo a alguien, yendo de fiesta en fiesta o recorriendo la ciudad en trance de deriva urbana. Son jóvenes trotacalles, flâneurs colombianos, psicogeógrafos de la Cali de los ’70.
A mediados del siglo XIX surge en Francia un intérprete de la vida en la ciudad que recorre las calles a pie sin ningún plan en concreto, dejándose llevar por la intuición, mientras analiza y asimila el paisaje urbano deteniéndose en los detalles. Este caminante urbano es conocido como flâneur, y en sus paseos se dedica a interpretar la simbología, los mensajes y la información–indetectables para el transeúnte común y el ojo poco atento–que le ofrecen las ciudades: arquitectura extraña, objetos abandonados, artefactos anómalos, marcas y pintadas, pasajes. Walter Benjamin describió al flâneur como un espíritu libre que se mueve siguiendo su propia cadencia onírica, sin prestarle atención al ritmo febril de la ciudad y sus transeúntes siempre apurados; un detective alienado de la urbe, que desapareció con la llegada de la sociedad de consumo. A partir de una reinterpretación de la figura del flâneur y del acto del la deriva urbana–un método que exceden el simple paseo sin rumbo y se puede utilizar como un sistema para modificar nuestra consciencia sobre el entorno artificial–surge el concepto de psicogeografía, disciplina que estudia el impacto de los entornos geográficos urbanos en nuestras emociones y nuestro comportamiento.

La Internacional Situacionista definía a la deriva como una técnica de pasos ininterrumpidos a través de ambientes urbanos diversos, donde uno o más derivantes renuncian durante un tiempo indeterminado a las motivaciones rutinarias para abandonarse al caminar y recorrer las ciudades durante horas, perderse por pasajes aleatorios, vagabundear sin un objetivo específico y observar las posibilidades que ofrece la ciudad con sus paisajes urbanos. Fueron los situacionistas los primeros en utilizar el término deriva en relación a la psicogeografía–término acuñado por Guy Debord–,una práctica que propone el estudio de los efectos psíquicos del entorno geográfico, planificados conscientemente o no, al actuar de forma directa sobre el comportamiento emocional de los individuos. Los psicogeógrafos asimilan estos efectos a través de la exploración de las calles, el análisis de la arquitectura y la interpretación de las esculturas y los grafitis, utilizando la deriva como medio de asimilación del espacio urbano.
El sol. Como estar sentado en un parque y no decir nada. La una y media de la tarde. Camino caminas.
El flâneurismo y la psicogeografía están íntimamente ligados a la escritura. Los situacionistas no buscaban la fórmula para trastocar el mundo en los libros, sino vagando. El flâneur salía a caminar para inspirarse y ese deambular luego se traducía en escritura y, con suerte, se convertía en libro. Leyendo la obra de Andrés Caicedo podemos llegar a la conclusión de que su procedimiento era cercano: caminar las calles de Cali para luego contar–a través de la ficción–lo que descubría en sus vagabundeos.
El flâneur–derivante, psicogeógrafo–como protagonista de las obras de algunos grandes escritores: su figura puede rastrearse en textos de William Blake, Charles Baudelaire, Thomas de Quincey o Robert Waltser retratado como personaje de ficción, como alter ego de autores que, además de escribir sobre la deriva y el flâneurismo, lo practicaban. Andrés Caicedo se inscribe dentro de esta tradición de escritores flâneurs, por llamarlos de alguna forma. En Memorias de una cinefilia (2015) el escritor y crítico colombiano Sandro Romero Rey cuenta que, así como los lectores de Joyce en Dublín, los de Cortázar en París o los espectadores de Fellini cuando van a Roma, también los lectores de Andrés Caicedo peregrinan a Cali para recorrer las locaciones de su novela ¡Que viva la música!, dando cuenta de la importancia que tienen las calles de esa ciudad en su obra escrita.
Caicedo fue escritor, guionista, dramaturgo, crítico de cine y periodista. Su mirada era la de un artista sensible y su punto de vista el de un crítico agudo de la realidad juvenil colombiana de finales de los ’60. Fue un lector de ficción que también supo leer la realidad de las calles, un cinéfilo que observaba la ciudad con ojos de espectador activo. Cuando la filósofa española Fiona Songel escribe que el flâneur leyendo las calles y dejando constancia de ello sobre el papel, funciona casi como un periodista cuya tarea incluye tanto la indagación y recolección de información, como la reflexión acerca de las impresiones contemporáneas parece estar describiendo los procedimientos caicedianos de absorción, apropiación y ficcionalización de la realidad caleña.
Si, como dice Songel, el flâneur de mediados del siglo XIX vivía inmerso en su época moderna pero procurando distanciarse en su observación para colocarse en una posición privilegiada y poder estudiarla desde arriba, la aproximación del escritor colombiano era aún más profunda que la del flâneur clásico, pues no solo se limitaba a observar desde una posición cenital sino que se ensuciaba las zapatillas con el barro de la noche, las fiestas, las drogas y el callejeo. Caicedo se suicidó el mismo día en que recibió los primeros ejemplares impresos de su novela ¡Qué viva la música! en la cual narra un tour de force juvenil, el descenso hacia lo más oscuro de la noche caleña de la “peladita” María del Carmen, que se “enrumba” hacia una fiesta interminable y atraviesa las calles de Cali desde el norte rico hasta el sur popular, siguiendo el ritmo de la música, las drogas y la joda:
Pero yo bajo del tren y huelo el pueblo y me resuelvo más sola que ninguna y camino por allí sin ningún rumbo cantando la canción que se nos pegó, que se nos pegó, y esa noche soñamos otra y mañana estrenaremos letra, y así, y así. Sonaba en casa, no de ricos, al otro lado de la calle que yo ya pretendía cruzar, allí donde termina Miraflores.
En los cuentos y novelas de Caicedo son los detalles los que pintan la ciudad (“Recorrí muy despacio su calle, los sauces que crecen a lado y lado, y la iluminación de mercurio” / “caminé por la mitad de la calle, echando ojo a cada sombra, a cada casa, a cada raya”/ “Atravesamos en silencio el Parque Versalles, creo yo que sin pensar en sus deteriorados pinos, sin oler muy profundo, no fuera que me acabara de dando nostalgia de Navidad o de veraneos. Cuando cruzábamos la calle, a él le hizo falta la música”). El protagonista de Infección, después de caminar y observar las calles con atención llega a la conclusión de que Cali, a ciertas horas, es una ciudad extraña y ramera, pero no deja de observar a las personas que lo rodean (“Caminar con un amigo y mirar a todo el mundo”), y es en este sentido donde los personajes de Caicedo se diferencian del flâneur clásico y se acercan más al narrador de El hombre de la multitud (1840) de Edgar Alan Poe. El cuento comienza una tarde de otoño con el protagonista y narrador sentado en un café londinense de mediados del siglo XIX, absorto en la tarea de escrutar con mirada analítica el movimiento urbano y la muchedumbre que deambula por una de las grandes avenidas de la ciudad, hasta que observa entre la multitud el rostro de un anciano con una expresión tan singular que lo deja fascinado, en estado de éxtasis. Temiendo perderlo de vista, sale apurado del bar y comienza a seguirlo a una distancia prudente, con cautela para no llamar su atención, en una caminata constante e interminable a través de diferentes puntos de la ciudad mientras cae la noche y el narrador comparte sus reflexiones con el lector.
Caminar la ciudad de Cali y recorrerla buscando sus monstruos es, al mismo tiempo, el principal modo de acción no solo de Caicedo, sino del Grupo de Cali, que él mismo integró. En Agarrando Pueblo, falso documental estrenado en 1978, pero rodado antes de la muerte de Caicedo (y en el que él mismo hace un cameo) en marzo del 77 y dirigido por Carlos Mayolo y Luis Ospina, un director de cine y su camarógrafo (Mayolo y Eduardo “la rata” Carvajal), recorren Cali buscando escenas de pobreza urbana: habitantes de calle, niños que corren detrás de una moneda, trabajadoras sexuales, familias desplazadas por la violencia. La mitad de estas escenas, las más ácidas e incómodas, son espontáneas, pues las personas que son filmadas no saben para qué o por qué las están grabando. La otra mitad, sin embargo, obedece a un guión más armado; actores interpretan el rol de una familia pobre y de un periodista que denuncia para la cámara la miseria colombiana. Estos cineastas son definidos por Mayolo y Ospina como vampiros de la miseria, parásitos expertos de la desgracia ajena que les otorgará un premio en algún festival internacional bienintencionado. La ciudad es ruidosa y carece de orden, permanece siempre alrededor y en todos los acontecimientos. El Grupo de Cali siempre salió a buscar eso que ya sabía que estaba allí, algo que habían visto esos pocos buenos amigos en los recuerdos de la infancia cuando caminaban de la mano de algún adulto por la ciudad y que después iban a descubrir más a fondo durante sus propias derivas.
Walter Benjamin escribió que a Baudelaire–que fue traductor de Poe–le gustaba equiparar al hombre de la multitud de Poe con el tipo de flâneur, pero estaba equivocado: el hombre de la multitud es más bien un caminante maniaco, representa lo que queda del flâneur después de que le arrebaten el entorno al que pertenece:
El París de Baudelaire conserva algunos rasgos de los viejos buenos tiempos. (…) Y aún estaban de moda los pasajes, remansos en los que el flâneur podía sustraerse a la visión del tráfico de los coches, que se mostraban ya intratables ante los peatones. Había quienes pasaban apretándose como sardinas en la multitud, pero existía también el flâneur, que necesita espacio para sus evoluciones y no está dispuesto a prescindir de su vida privada. La mayoría es cierto que no tiene más remedio que dedicarse a sus negocios, de modo que, en el fondo, el individuo particular solo puede dedicarse a callejear–a flâner–cuando se sale de los cauces de la corriente general.
Ciento veinte años más tarde, Andrés Caicedo escribe El espectador, un cuento cuyo narrador en lugar de estar sentado en un bar mirando a la multitud a través de un ventanal, se la pasa sentado en una butaca de cine mirando películas y observado a las personas que concurren a la sala de proyección, a la espera de encontrar a su alma gemela cinéfila. Una tarde, al finalizar la función de Ya eres un hombre (You´re a big boy now, 1966) de Francis Ford Coppola–film que él amaba pero que los otros espectadores parecían odiar–escucha que un tipo dice que es la mejor película que vio en el año y entonces se convence de que por fin encontró un compañero que quizá pueda entenderlo, alguien con quien charlar de cine del bueno, y al verlo escabullirse entre la gente comienza a seguirlo por las calles de la ciudad a una distancia prudente–como el narrador de El hombre de la multitud–para darse tiempo a planear la forma de encararlo y comenzar una charla amistosa, mientras comparte sus pensamientos con el lector. La persecución sigue hasta que cae la noche y todo se complica al punto de la violencia.

Fuera de ¡Qué viva la música! quizá es en El Atravesado (1971), relato que toma el viaje del héroe como andamio para su estructura, en el que los acontecimientos surgen durante el caminar. Nuestro protagonista se encuentra con esquinas y parques, entradas de salas de cine barriales, uno de los cerros de la ciudad y en las calles en las que se desarrollan las trifulcas sociales de la calle.
Llegábamos a la Ermita y allí por lo general nos quedábamos un rato. Y decidíamos meternos a cine. Y Akira sí se enloquecía con el cine. Y cuando salíamos le gustaba recibir el viento en la cara, subir por la carrera Quinta hasta San Antonio, a buscar dónde es que nace el viento. Es buena la gente de por acá de San Antonio, me decía. Es el barrio más viejo de Cali, le decía yo, contemplando la ciudad. O de la Ermita subíamos a la 15 de una. Entrábamos a todos los griles. Seguro habíamos comenzado en el Rodolfo, donde nos conocían y nos atendían bien. Seguro íbamos terminando en el Molino Rojo, donde también nos conocían. Pero Akira no tenía amigos.
Si tenemos en cuenta que entre 1967 y 1971 la ciudad vivió un cambio impulsado por la realización de los VI Juegos Panamericanos que tuvieron a Cali como sede, y que modificaron la arquitectura de la ciudad, tiene mucho más sentido lo que El atravesado menciona hacia la parte final del relato cuando, en la escena caideciana en la que más se puede notar la influencia de Lovecraft y Poe, sale del túnel de la araña infernal para encontrarse con que la ciudad ha cambiado.
Claro que uno no se olvida. Y cuando vienen los días en los que me siento solo, me voy para la montaña de mi aventura a ver a los obreros que construyen edificios para los Juegos Panamericanos. Exactamente encima del túnel mío han construido una torre de propiedad horizontal, y ya no queda nada de montaña: han puesto parques de recreo para los niños de los edificios. Seguro el túnel les sirvió mejor para levantar los cimientos.
¿Cómo podría Caicedo–o alguno de sus personajes–emular a aquellos flâneur solitarios que caminaban abstraídos de las multitudes y del tráfico incesante, siendo él parte del entorno caótico de una ciudad latinoamericana de mediados de los 60? Los personajes de Caicedo experimentan ese shock que sufre la geografía que tienen enfrente. En este sentido, esos cambios recuerdan los que el mismo Baudelaire percibía cuando su ciudad fue modificada bajo el liderazgo del barón Haussmann. Algo está pasando y cambiando en ambas ciudades, Cali no es más un pueblo y quiéralo o no, entra empujado a ese raro e incoherente modernismo urbano latinoamericano. Caicedo y sus personajes encarnan un nuevo tipo de flâneur, lejos del dandi francés y cerca del adolescente rebelde latinoamericano; un flâneur caleño que practica un tipo de deriva particular en el que integran a sus pares, deambulan atentos a los ruidos urbanos y la música que suena en los barrios o se ven envueltos en peleas entre galladas. Este es un un nuevo flânerismo cuyo recorrido incluye no solo avenidas concurridas sino también cines, fuentes de soda y fiestas llenas de jóvenes atrevidos.
Cali se suicidó con Caicedo, escribe Sandro Romero Rey en el ya mencionado Memorias de una cinefilia cuando habla con una nostalgia algo insana de la ciudad en la que convivió con Caicedo. La Avenida Sexta dejó de ser el punto de encuentro de una ciudad que parecía ser habitada solamente por jóvenes y con el tiempo, el Teatro San Fernando en el que operó el cineclub terminó por convertirse en iglesia evangélica. La Cali de Caicedo, en este sentido, es el fondo de los personajes que la caminan en su literatura y no la real y física. Sin embargo, su lectura es como una sombra que empuja derivas ajenas. Esta ciudad habitada por encerrados y caminantes, como el mismo Caicedo, terminaron convirtiéndose en paisaje y presencia hauntológica. Cali no puede exorcizar el fantasma de Caicedo si así lo quisiera, ni tampoco se puede librar de los que van a buscar quién sabe qué tipo de experiencia musical o que les acelere el corazón cuando leen cosas como la que menciona el narrador del relato Los Mensajeros: les dijeron anda en busca de una ciudad que se llama Cali, que todavía debe existir porque cuando se acabe Cali se acaba el mundo entero.
En su investigación Psicohauntogeografía, el director de cine e investigador Gabriel García Muñoz, define el término como algo nacido del juego de las palabras psicogeografía y hauntología. En suma, vendría a ser algo así como el estudio de la impregnación fantasmática en un lugar y su influencia en la psique de quienes lo habitan. Esto sirve para describir el impacto, no solo de la literatura de Caicedo en la ciudad, sino también el de su muerte y su fantasma como movilizador psicogeográfico.
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Andrés Arroyave (Cali, Colombia, 1992). Estudió filosofía y periodismo. Hincha del América de Cali. Reside en Buenos Aires. Quiere bailar como Ian Curtis.
Marcelo Acevedo (Argentina, 1983) Periodista cultural y editor. Columnista del programa El Último Grito (Radio con vos), autor del podcast Objetos Fuera de Tiempo y de varios libros sobre cine y literatura de género. A veces habla con Philip K. Dick a través de un rayo rosa.



